En el México prehispánico, las enfermedades se relacionaban con ciertas deidades y cada una tenía su ritual de curación. El copal, una resina vegetal aromática, además de tener un uso ritual, era utilizado como ofrenda a los dioses, ungüento, infusión o para conjuraciones dependiendo del malestar que aquejara al paciente, desde un dolor de cabeza hasta problemas bucales.
En octubre de 1679, un mulato levantó una denuncia contra Diego Hernández, un esclavo negro criollo, por idolatría, ya que poseía copal y lo usaba para realizar rituales de curación. Cuando las autoridades novohispanas visitaron al acusado, él declaró tener esta resina en forma de incienso, el cual era considerado herético por los españoles por haber sido utilizado en los sacrificios humanos prehispánicos.
Los inquisidores dictaminaron que podría obtener el perdón siempre y cuando comprobara y justificara su inocencia, pero la situación empeoró cuando el denunciante declaró que lo había escuchado confesarse en lengua mexicana, es decir, náhuatl, durante las misas de Semana Santa. El Santo Oficio consideró más grave su falta, pues si conocía bien la lengua mexicana, indicaba una constante comunicación con los indios. Sin comprobar estas suposiciones, Diego ya figuraba como un culpable de herejía en el tribunal.
Hernández explicó que el uso del copal solo era para uso personal, pues con eso curaba su barriga cuando sentía algún malestar; sin embargo, su confesión fue puesta en duda porque otros testigos afirmaron que sus dolores de estómago habían sido tratados por el negro criollo. Ante esta situación, Diego argumentó que necesitaba el copal para sus ahuehuetes, los inquisidores, sin entender a qué se refería, le pidieron una explicación puntual de lo que eso significaba, pero no logró hacerlo.
La connotación negativa de esta información se reforzó cuando los testigos explicaron que como pago por dichas curaciones, Diego pedía comida para los mencionados ahuehuetes. Para los inquisidores esto únicamente se tradujo en ofrendas para sus idolatrías. Finalmente, el Santo Oficio acordó que Diego Hernández necesitaba ser reformado, así que le ordenaron a su amo que lo entregara para que fuera encerrado hasta que aprendiera la doctrina cristiana.
Referencia: AGN, Instituciones Coloniales, fondo Inquisición, vol. 1571, exp. 16.
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